Lo que cuentan los hallazgos

Piezas recuperadas en sitios arqueológicos del valle del Cajón, Catamarca: vasijas, pipa y pequeño animal modelado que era parte de un objeto cerámico. En los fragmentos de vasijas la línea punteada muestra la forma que podría haber tenido la pieza completa.

Cuando trabajan en los sitios arqueológicos, los equipos que estudian las primeras aldeas del Noroeste se encuentran con elementos muy variados. Aquellos que no se pueden trasladar son estudiados en el lugar y otros son llevados a laboratorios especializados.

Veamos brevemente cómo se estudian los restos arqueológicos según el material con el que están hechos.

Piedra

En muchos sitios son usuales los artefactos de piedra y una de las tareas que los equipos hacen es identificar los lugares de procedencia de las rocas con los que están hechos. Algunas rocas pueden encontrarse en las cercanías del mismo sitio arqueológico; otras, haberse traído desde lejos. En los sitios arqueológicos de los valles del Noroeste, por ejemplo, es común encontrar puntas de proyectiles de obsidiana (una forma de vidrio volcánico, de muy buena calidad para tallar instrumentos) cuyos yacimientos pueden estar a cientos de kilómetros de distancia. El encontrar en un lugar rocas que no provienen del entorno cercano es una pista importante de que el grupo que habitaba ese lugar mantenía relaciones con otros grupos.

Mortero y mano de moler. Hay rocas que no sirven para tallar. Con ella se hacían artefactos de molienda que se utilizaban para procesar vegetales cultivados o recolectados y para, por ejemplo, moler y preparar pigmentos utilizados en las imágenes que se hacían sobre distintos soportes, como rocas o cerámica.

Puntas de proyectiles. Las puntas de proyectiles suelen ser de obsidiana, basalto, cuarcita y otras rocas que por ser muy parejas son buenas para tallar.

Mediante la talla se obtenían piezas con filo que, entre otros usos, se utilizaban para trozar los animales que servían de alimento y para cortar el cuero.

Cerámica

Entre los restos materiales que han dejado los habitantes de las primeras aldeas del Noroeste se encuentran muchas piezas o fragmentos de piezas de cerámica. Los equipos de arqueología los estudian con mucha atención, tratando no solo de saber cómo estaban hechos, sino de reconstruir los usos que tenía la cerámica en la vida cotidiana de las personas, y también en momentos muy especiales, como las prácticas rituales o el entierro de las personas fallecidas.

La cerámica se hace con arcilla, agua y materiales como arena de los ríos y fragmentos molidos de piezas de cerámica rotas, que sirven para dar una mayor resistencia a la pieza que se desea hacer. Los equipos de arqueología también analizan la textura, la porosidad, el espesor y el color de la pasta. Estos, por ejemplo, son colores de fragmentos de cerámica recogidos en un sitio arqueológico.

Hay piezas abiertas, como los pucos, y piezas cerradas, como las ollas. La forma da información sobre el uso que pudo haber tenido la pieza.

Olla, vaso, puco y pipa.

En el Noroeste argentino se emplearon dos técnicas básicas para fabricar una vasija. Una es ir agregando rollos o chorizos de pasta para levantar las paredes (abajo, primera imagen). Otra es partir de un bollo de pasta, ahuecarlo y estirarlo hasta lograr la forma que se quiere obtener (segunda imagen). En algunos casos, estas dos técnicas se combinan. Por ejemplo, para hacer una olla grande se hace primero la base estirando un bollo de pasta, y luego se levantan las paredes agregando rollos. Los equipos de arqueología también estudian de qué modo se realizó la cocción de las vasijas.

Las vasijas pueden tener distintas terminaciones. La superficie puede estar alisada, pulida, tener incisiones (líneas, puntos), o estar pintada antes o después de la cocción. Las piezas pueden tener apéndices modelados, como cabezas de murciélagos, de roedores, de aves o de sapos.

En un sitio arqueológico es común encontrar vasijas similares a las halladas en otros sitios. Esto puede ser un indicio de que los objetos circulaban a distancia y que las distintas comunidades estaban relacionadas de alguna manera.

No solo la forma da pistas sobre el uso que puede haber tenido el objeto. Los restos de hollín, por ejemplo, indican que la vasija pudo ser usada para cocer alimentos. Una jarra con la superficie pulida −el pulido impermeabiliza la superficie− probablemente haya sido usada para transportar líquidos. El desgaste de los bordes de una cuchara podría indicar que ha sido utilizada intensamente para mezclar alimentos. Otros usos son más evidentes, como en el caso de las grandes ollas usadas en los entierros (en “El trabajo arqueológico en el campo” hay fotos de una vasija de este tipo).

El análisis del contenido de las piezas también aporta información valiosa. En las pipas, por ejemplo, se encontraron restos de semillas del árbol de cebil, utilizadas en prácticas religiosas debido a que contienen una sustancia psicoactiva. El hallazgo de restos de cebil en sitios ubicados en los valles áridos del Noroeste también es un indicador de relaciones con otras comunidades, ya que el cebil es un árbol que crece en la zona de yungas.

Por supuesto que una vasija pudo haber tenido varios usos; haber servido, por ejemplo, para preparar alimentos, para almacenarlos temporalmente, para contener líquidos y para acompañar −y a veces contener− a los difuntos en los entierros.

Al parecer, la manufactura de la cerámica no era algo que solo pudieran hacer artesanas y artesanos especializados. Seguramente se trata de una destreza que se fue transmitiendo de generación en generación y que las niñas y niños, desde pequeños, se familiarizaban con ella. Las pequeñas piezas de cerámica halladas en algunos sitios, posiblemente usadas como juguetes, pueden ser indicios de estas prácticas de aprendizaje.

Restos de animales y vegetales

Los restos de animales y vegetales también son una importante fuente de información. Los restos de vegetales permiten saber, por ejemplo, cuáles eran utilizados como alimento, y si se trataba de vegetales silvestres o domesticados.

Algo similar ocurre con los restos de animales. Por ejemplo, es habitual encontrar restos de camélidos. A veces se puede saber si se trata de animales domesticados, como la llama, o de animales silvestres, como la vicuña. Lo anterior da una pista de la importancia que tenían el pastoreo y la caza como actividades que proveían alimentos a esa comunidad.

En los sitios del Noroeste suelen encontrarse restos de llamas. Se sabe que la llama se aprovechaba íntegramente: aportaba carne, fibra, abono y fuerza motriz para el transporte de mercadería. Con sus huesos, además, se fabricaban distintos artefactos.

Los equipos de arqueología analizan qué huesos se encuentran en los distintos sectores de los sitios arqueológicos y también estudian las marcas de corte en los huesos hallados. Eso les permite identificar lugares de matanza y de procesamiento o carneado, y también tener información sobre las formas en que se consumían los animales (por ejemplo, algunos cortes son resultado del carneo, mientras que otros pueden indicar que se buscaba extraer la médula).

Además de ofrecer esta valiosa información, los restos de seres vivos también permiten conocer la antigüedad de la ocupación mediante el método conocido como datación radiocarbónica.

Para saber más. Liliana J. Baigorria Di Scala, Carlos R. Belotti López de Medina, Juan P. Carbonelli y Erico G. Gaál, “A la luz del hogar: vestigios de la comunidad doméstica formativa en el sitio Soria 2, valle de Yocavil, Catamarca”, en Crónicas materiales precolombinas, páginas 519 a 548. María Cristina Scattolin, María Fabiana Bugliani, Lucas Pereyra Domingorena, Leticia Inés Cortés, Marisa Lazzari, Andrés Darío Izeta y Cristina Marilin Calo, “Habitar, circular, hacer. El punto de vista de La Quebrada”, en Crónicas materiales precolombinas, páginas 427 a 464.

Créditos

Fotografías de piezas recuperadas en yacimientos arqueológicos del valle del Cajón. Tomadas de María Cristina Scattolin, María Fabiana Bugliani, Lucas Pereyra Domingorena, Leticia Inés Cortés, Marisa Lazzari, Andrés Darío Izeta y Cristina Marilin Calo, “Habitar, circular, hacer. El punto de vista de La Quebrada”, en Crónicas materiales precolombinas, página 440.

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