Gente y bienes en movimiento

Las sociedades que habitaban nuestro actual territorio antes de la llegada de los españoles no eran poblaciones aisladas, sin comunicación entre sí. La investigación arqueológica muestra, cada vez más, que la circulación de personas y bienes (objetos, cosechas, tejidos, semillas, animales, piedras, alimentos, entre otros) era algo habitual y tenía una complejidad mayor, incluso, de lo que se suponía. Los estudios sobre estos intercambios no solo prestan atención a los productos que se llevaban y traían, o a los traslados de personas, sino también a las características ambientales y a sus variaciones a lo largo del tiempo, ya que estas pueden dar pistas para entender los desplazamientos.

Senda en la ladera de un cerro. Corralito, provincia de Tucumán.

Cuando pensamos en las vías de comunicación entre un lugar y otro de un área montañosa, como buena parte del actual Noroeste argentino, tendemos a pensar que los cauces de los ríos o los fondos de los valles constituyen los caminos “naturales”. Sin embargo, según cuentan los relatos de la época de los primeros contactos con los españoles, los pobladores de la región preferían circular siguiendo las laderas altas de los cerros y  aprovechaban también las abras o pasos en altura.

Ambientes diferentes, bienes diferentes

¿Qué es lo que lleva a sociedades localizadas en ambientes diferentes, como la Puna y los valles bajos, a intercambiar distintos productos? Existieron distintos motivos. Uno de ellos es que cada ambiente puede proveer algunos bienes y no otros. El intercambio permite, entonces, una estrategia de complementación de los distintos elementos que puede proveer cada lugar a partir de los cuales las personas, mediante su trabajo, crean diversos objetos materiales y productos. Esa misma necesidad llevó a que algunas sociedades tuvieran caseríos, chacras o lugares de pastoreo ubicados en varios ambientes, a fin de aprovechar uno o más bienes específicos de cada lugar. También se sabe que, en algunos casos, la gente se trasladaba de un lugar a otro siguiendo el ciclo de las estaciones, ¡algo que todavía ocurre en distintas zonas del Noroeste!

En general, los viajes cementaban vínculos entre comunidades, facilitando la transferencia de información y el aprendizaje de costumbres. Los intercambios incluían diversos tipos de bienes, así como también comida, hospitalidad y posiblemente pequeños presentes entre visitantes y anfitriones.

Los productos de intercambio

Los productos se intercambiaban a través de personas que hacían el recorrido, de pequeños grupos que podían tener o no la ayuda de llamas, o de caravanas de estos animales. Podían ser de dos tipos básicos: productos de subsistencia −alimentos y productos relacionados con su producción, obtención y consumo− y productos suntuarios o de prestigio −metales, sustancias psicoactivas, piedras preciosas−. Las investigaciones arqueológicas han tratado de reconstruir las rutas de intercambio, algo que es más fácil de establecer con ciertos productos que con otros. No se trata de rutas comerciales tal como las conocemos en la actualidad: seguramente en cada una de ellas se trasportaban distintos bienes, había escalas, variaban las formas de traslado, etcétera.

A continuación, presentamos algunos de los hallazgos referidos a la sal y a la obsidiana.

Sal. La sal era uno de los recursos más buscados. No solo se la consumía: también se la usaba para conservar los alimentos y para curtir cueros, y se la intercambiaba con el fin de obtener otros materiales, artefactos o servicios.

Se han podido reconstruir varias rutas caravaneras que se utilizaban para transportar este producto.

  • Una, en el norte, iba desde la Puna hasta la quebrada de Humahuaca (se ha encontrado una importante cantidad de sal en un basurero del pucará de Tilcara, en ocupaciones más tardías) y probablemente hacia los valles orientales. Sal, textiles, cerámicas y otros productos eran llevados desde la Puna hacia el este; en sentido inverso, desde los pueblos de los valles y de la selva se subían a la Puna carne y otros productos vegetales y animales.
  • Otra ruta iba desde Antofagasta de la Sierra, en la Puna catamarqueña, hasta los valles Calchaquíes. Los puneños recolectaban la sal de las salinas que había en el camino y la llevaban hacia el este junto con otros productos; de los valles traían maíz, papa y frutas. Tradicionalmente se usaban caravanas de llamas, pero estas fueron reemplazadas por caravanas de burros cuando llegaron los españoles.
  • Otras dos rutas estudiadas también unían la Puna con los valles: una iba desde Laguna Blanca, en el norte de la actual Catamarca, hasta El Bolsón, en el centro-este de esta provincia, y otra, desde Aguas Calientes, entre el extremo noroeste de la provincia, también hasta El Bolsón.

Las rutas no solo seguían una dirección oeste-este: al yacimiento Las Salinas, en Tucumán, por ejemplo, llegaban tanto grupos que provenían del mundo andino (desde el norte), como de los valles bajos y el área chaco-santiagueña (desde el sudeste).

Obsidiana. La obsidiana es una roca volcánica con aspecto de vidrio. Cuando se la talla, produce muy buenos filos; por esta razón se la utilizaba para fabricar herramientas de caza y útiles para cortar, punzar o raspar. Si se la analiza químicamente, se puede saber el lugar de procedencia, lo que permitió rastrearla desde sus fuentes hasta los puntos de utilización o de descarte. En el Noroeste hay yacimientos de obsidiana en las actuales provincias de Catamarca, Salta y Jujuy.

Distintos grupos de arqueología han estudiado el alcance de la circulación de esta roca a partir de sus fuentes de procedencia. Así han podido calcular, por ejemplo, que la circulación de la obsidiana de la fuente Ona-Las Cuevas, en Catamarca, se extendía unos 340 kilómetros, ya que se la ha hallado en distintos sitios de la Puna meridional, el valle del Cajón, la falda occidental del Aconquija, las tierras bajas tucumanas, el valle de Santa María, el valle de Lerma y la Quebrada del Toro. La medida de 340 kilómetros no es definitiva: podrá ser mayor si se encuentran artefactos o fragmentos de obsidiana de este origen en sitios aún más distantes.

Fuentes y alcance de la circulación de la obsidiana.

El intercambio y la cría de llamas

Además de proveer carne, las llamas desempeñaron un papel central en el tráfico de productos como la sal, la obsidiana y las piezas de cerámica. La organización de caravanas seguramente requirió de la existencia de lugares de cría en las cabeceras de las rutas de intercambio. Los equipos de arqueología están interesados en explorar esos posibles lugares de pastoreo para conocer cómo se construían y cómo se utilizaban. No es fácil: si los corrales fueron hechos con materiales perecederos se hace muy difícil visualizarlos, a diferencia de los que consisten en estructuras de piedra, que son más duraderos y visibles.

Otros tipos de relaciones

Un tema de especial interés para la arqueología es la relación entre grupos que tenían formas de vida diferente. ¿Habría, quizá, espacios que podían ser compartidos por sociedades diferentes, por ejemplo, si una imprevista escasez de agua obligaba a los pobladores de un sitio a cambiar su lugar de residencia y establecerse cerca de alguna otra comunidad? Y más en general, ¿cómo pensarían las distintas sociedades los límites de sus propios territorios?

 Para saber más

Mario Alejandro Caria y Julián Patricio Gómez Augier: “Arqueología en espacios contrastados en los piedemontes oriental y occidental de Cumbres Calchaquíes (Tucumán, Argentina) durante el 1er. y el 2do. milenio de nuestra era”, en Crónicas materiales precolombinas, páginas 355 a 383.

Marisa Lazzari, Jorgelina García Azcárate y María Cristina Scattolin: “Imágenes, presencias, memorias. Genealogía y geografía en la piedra durante el primer milenio D. C., en Crónicas materiales precolombinas, páginas 603 a 633.

Créditos

Mapa de fuentes y alcance de la circulación de la obsidiana. Tomado de Marisa Lazzari, Jorgelina García Azcárate y María Cristina Scattolin: “Imágenes, presencias, memorias. Genealogía y geografía en la piedra durante el primer milenio D. C., en Crónicas materiales precolombinas, página 623.

Fotografía de una senda que corre por la ladera de un cerro. Corralito, Tucumán. Jorge Mercado.

 

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